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Las oposiciones para acceder a cargos universitarios, particularmente para profesores, constituyen un sistema de selección sobre el cual existe una crítica profunda desde la perspectiva de la higiene mental. Este análisis se basa en un trabajo clásico de Bartolomé Llopis y Damián Morillas, que pone en evidencia cómo las oposiciones no solo frustran la verdadera competencia intelectual sino que además generan tensiones emocionales, desequilibrios psíquicos y consecuencias culturales negativas.
A pesar de ser un método consolidado en España para la selección de profesores universitarios, no hay estudios sistemáticos dedicados exclusivamente a evaluar las oposiciones desde una óptica científica y psicológica. En general, los expertos en medicina y educación las consideran insuficientes o hasta perjudiciales.
La oposición, entendida como un concurso público, se caracteriza por exigir a los aspirantes una memorización forzada y preparación intensa en corto plazo, con la presión añadida de un examen que representa la “solución definitiva” a su carrera profesional. De hecho, los defensores moderados suelen apoyar las oposiciones solo para los primeros niveles de la trayectoria académica, relegando los cargos de mayor responsabilidad a nombramientos basados en méritos y experiencia comprobada.
El reconocido médico Gregorio Marañón calificó las oposiciones como “bárbaras y anticuadas” y las llamó “vergüenza y cáncer de la universidad española”. Destacó que los ejercicios de oposición privilegian cualidades como la memoria y la capacidad dialéctica sobre el verdadero saber y la eficacia pedagógica, lo que ocasiona que brillantes opositores puedan ser luego profesores mediocres.
Por su parte, Hernando propuso que la universidad debería seleccionar directamente a sus profesores, evitando el sistema de oposiciones que considera poco eficaz. Otros expertos como Jiménez Díaz y López Ibor aceptan que las oposiciones pueden ser válidas para cargos iniciales, pero abogan por reemplazarlas en niveles superiores mediante concursos de méritos o nombramientos directos.
La preparación para las oposiciones requiere invertir meses de tiempo exclusivamente en aprender de memoria programas extensos y ajenos a las verdaderas inquietudes científicas personales. Exclusivamente se premia la memorización de conocimientos “prendidos con alfileres”, una retención provisional y poco asimilada.
Como señala Ortega y Gasset, estudiar para oposiciones se aleja del verdadero afán de conocimiento y se transforma en un trabajo superficial que no fomenta el pensamiento crítico ni el espíritu científico genuino. La tensión de esta preparación conlleva:
El intento de trasladar al cerebro humano el volumen de datos almacenados en libros y bibliotecas resulta no solo ineficaz sino también perjudicial. Según Cajal, intentar memorizar todo el contenido externo es una tarea "inútil e indigna" que puede sobrecargar la capacidad cerebral, afectando la calidad del pensamiento y la creatividad.
Además, la memorización mecánica favorece la creación de “juicios cristalizados” que no se someten a crítica ni reflexión, lo que puede conducir a errores y a la perpetuación de dogmas en lugar de avances en el conocimiento.
El momento de la oposición es un episodio de alto estrés emocional y psíquico que influye notablemente en el rendimiento intelectual del opositor. La presión de la evaluación pública ante tribunal y audiencia, junto con la importancia vital del resultado, desencadenan respuestas emocionales diferentes según la personalidad y estado psicológico del candidato.
Estudios psicológicos indican que la emoción puede tanto aumentar como inhibir la capacidad cognitiva. Mientras algunos opositores se ven estimulados por la ansiedad, otros sufren bloqueos y pérdidas momentáneas de memoria, propios de un estado afectivo negativo.
De hecho, la memoria mecánica es menos afectada por la emoción que la memoria lógica y reflexiva, por lo que los opositores “memoristas” suelen estar en ventaja frente a opositores que ejercitan un pensamiento crítico y reflexivo. La inseguridad inherente a los primeros dificulta su competencia en este tipo de pruebas bajo presión.
Además del estado emocional, influyen factores como el “tempo psíquico” (velocidad de pensamiento), la facilidad de palabra y la confianza en sí mismo. Un opositor elocuente y seguro de sí puede impresionar favorablemente al tribunal, incluso cuando sus conocimientos reales sean limitados. Por el contrario, personas muy inteligentes pero tímidas o reflexivas pueden verse en desventaja.
Más allá de estas características, la fatiga mental acumulada durante la preparación y la actuación frente al tribunal perjudica la inteligencia momentánea, dificultando el juicio correcto y la expresión fluida del conocimiento.
Las oposiciones provocan consecuencias negativas profundas más allá del individuo. Por ejemplo, fomentan rivalidades, resentimientos y hostilidades entre profesionales que deberían colaborar, afectando la armonía y la colaboración necesarias para el progreso académico y científico.
Esta dinámica es especialmente visible en la “trinca”, modalidad en la que opositores deben refutar duramente las exposiciones de sus contrincantes ante un público exaltado, generando ambientes de agresión verbal y enemistades duraderas.
Desde el punto de vista individual, los resultados del sistema pueden ser perniciosos:
Dado el considerable impacto nocivo, tanto en salud mental como en la calidad científica, los autores proponen abandonar el sistema de oposiciones para la selección universitaria, sustituyéndolo por mecanismos más justos y eficaces:
Es crucial que se garantice la calidad y autoridad de los jueces en estos concursos y que se promueva una ética profesional que combata el favoritismo y los caciquismos, prácticas que no deberían justificarse ni tolerarse bajo la excusa de “garantía” en las oposiciones.
Así, el cambio propondría no solo mejorar la higiene mental de los aspirantes, sino también revitalizar la cultura científica y educativa española, facilitando un entorno en el que prevalezcan la autenticidad, la creatividad y la verdadera vocación docente e investigadora.