
Humanos no-humanos: ¿lazos poco sanos?
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Las relaciones personales no solo configuran nuestra vida social, también moldean cómo pensamos de nosotros mismos y de los demás; cuando estos lazos se vuelven «poco sanos», la consecuencia puede ser una pérdida de humanidad en la interacción cotidiana.
Una relación «poco sana» excede el conflicto ocasional: se caracteriza por dinámicas persistentes que minan la autonomía, la dignidad o el bienestar emocional de una o ambas partes.
En contextos contemporáneos, estas relaciones a veces dejan de centrarse en el apoyo mutuo y pasan a funcionar como símbolos de identidad, estatus o utilidad práctica, lo que facilita tratar a la otra persona como un objeto o una función en lugar de un sujeto con necesidades propias.
La transformación de las relaciones —hacia vínculos más instrumentales o simbólicos— tiene raíces sociales y culturales: la presión por la productividad, la visibilidad en redes sociales y la economía de la atención crean incentivos para valorar a las personas por lo que aportan a nuestra imagen o eficacia, y no por su humanidad intrínseca.
Estas condiciones no crean automáticamente relaciones tóxicas, pero sí incrementan la probabilidad de que las interacciones se vacíen de empatía y reciprocidad.
Identificar una relación poco sana suele ser menos obvio que detectar abusos severos; por eso conviene fijarse en patrones recurrentes más que en episodios aislados.
Si al revisar estas señales se detectan varios ítems, es probable que la relación esté dañando la salud emocional de quienes participan en ella.
Los efectos de relaciones poco sanas se manifiestan en la autoestima, la salud mental y la capacidad de vincularse posteriormente: las personas pueden desarrollar ansiedad, tristeza persistente, pérdida de confianza o dificultades para establecer límites en nuevos lazos.
A nivel social, estas dinámicas contribuyen a una erosión de la confianza comunitaria: cuando predominan vínculos instrumentales, disminuye la práctica de la solidaridad y se fragmentan redes que antes funcionaban como amortiguadores frente a las dificultades.
La deshumanización gradual transforma la percepción: compañeros, familiares o parejas dejan de ser vistos como sujetos plenos y pasan a ser categorías (la fuente de recursos, el “perfil” que suma o resta), lo que facilita trato frío o explotador.
No todas las relaciones dañinas se terminan de inmediato; muchas pueden recomponerse si ambas partes asumen responsabilidad y trabajan cambios concretos. A continuación, estrategias prácticas con evidencia y sentido clínico:
Estas acciones no son panaceas, pero constituyen pasos concretos que restauran la agencia y la dignidad dentro del vínculo.
Un ejercicio sencillo es el «intercambio de curiosidad»: cada persona formula una pregunta abierta sobre la vida interior del otro y escucha sin interrumpir durante cinco minutos; luego se invierten los papeles. Repetir semanalmente fomenta empatía y reduce la objetivación.
Otro recurso es la «lista de reciprocidad»: anotar durante dos semanas acciones de apoyo recibidas y dadas para visualizar desequilibrios y planear ajustes concretos.
Más allá del plano individual, organizaciones y comunidades pueden diseñar entornos que favorezcan vínculos sanos: políticas que refuercen tiempos de descanso reales, formación en competencias relacionales y espacios seguros para expresar vulnerabilidad ayudan a contrarrestar la instrumentalización interpersonal.
Instituciones que promueven la colaboración en lugar de la competencia constante reducen la presión para transformar a las personas en meros recursos; la cultura organizacional importa tanto como las decisiones individuales.
No todas las relaciones que contienen elementos utilitarios son dañinas: en muchos contextos (profesionales, familiares) existe un componente funcional legítimo. El problema aparece cuando ese componente domina hasta eclipsar la dimensión humana y se vuelve persistente y desigual.
Además, la capacidad de una persona para cambiar una relación depende de factores externos como recursos económicos, apoyo social y riesgos asociados a dejar una relación (por ejemplo, en situaciones de dependencia). Por eso las recomendaciones requieren adaptarse a cada realidad.
Reconocer que una relación es «poco sana» es el primer paso para recuperar la humanidad en el trato: diagnosticar patrones, establecer límites, aumentar la reciprocidad y, cuando haga falta, pedir ayuda profesional son medidas que protegen la dignidad individual y fortalecen las redes sociales.
Transformar la manera en que nos relacionamos exige cambios personales y estructurales, pero el retorno —relaciones más sostenibles, empáticas y resilientes— justifica el esfuerzo.