
Nuevas investigaciones sobre la ciencia cognitiva de la creatividad
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La creatividad humana, esa capacidad única para generar ideas innovadoras y soluciones originales, ha sido un enigma para la ciencia durante décadas. Recientes avances en neurociencia cognitiva revelan que no se trata de una sola región cerebral, sino de una compleja red neuronal que conecta múltiples áreas del cerebro, permitiendo el flujo libre de pensamientos imaginativos.
Investigadores del Brigham and Women’s Hospital en Estados Unidos han identificado un circuito cerebral específico vinculado directamente a la creatividad. Este hallazgo, publicado el 13 de febrero de 2025, se basa en el análisis de datos de resonancia magnética funcional (RMf) de 857 participantes en 36 estudios diversos. Entre ellos, se incluyeron personas sanas, pacientes con lesiones cerebrales y aquellos con enfermedades neurodegenerativas, lo que permitió comparar funciones cerebrales normales con estados alterados para aislar los patrones creativos consistentes.
A diferencia de investigaciones previas que buscaban "el centro de la creatividad" en áreas aisladas, este enfoque se centra en los circuitos neuronales. Las técnicas avanzadas de RMf rastrearon la comunicación entre regiones durante tareas creativas, destacando una conexión negativa clave con el polo frontal derecho. Esta área, responsable de monitorear y regular el comportamiento, parece "apagarse" durante procesos creativos, reduciendo la autocensura y permitiendo un pensamiento fluido y libre.
Este descubrimiento respalda la teoría de que la creatividad surge al inhibir temporalmente los filtros internos, fomentando la generación espontánea de ideas. En contextos históricos, figuras como Einstein o Picasso describían momentos de inspiración como liberaciones de restricciones mentales, un fenómeno ahora respaldado por evidencia neural.
La exploración de la creatividad en el cerebro data de finales del siglo XX, cuando estudios iniciales apuntaban a la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC) y la circunvolución cingulada anterior (ACC) como protagonistas. Investigaciones como las de Hong et al. (2016) mostraron su rol en planificación, toma de decisiones y regulación emocional, esenciales para generar ideas novedosas. Sin embargo, estos enfoques eran limitados al ignorar las interacciones dinámicas entre redes.
En la década de 2010, la neurociencia cognitiva avanzó con evidencias de que la creatividad depende de sistemas neuromoduladores y agotamiento inhibitorio. Radel et al. (2015) demostraron que tareas que fatigan la inhibición cognitiva mejoran la fluidez y originalidad en pruebas creativas posteriores, sugiriendo que menos control consciente potencia la imaginación.
Estudios más recientes, como el de González (2026), enfatizan que la creatividad no depende de un sistema cognitivo unitario, sino de interacciones dinámicas influenciadas por la reserva cognitiva. Esta reserva, acumulada mediante educación y experiencias enriquecedoras, protege y potencia funciones creativas incluso ante daños cerebrales, explicando por qué algunos pacientes con demencia exhiben picos artísticos inesperados.
Estas conexiones forman una red distribuida en áreas frontales, temporales y parietales, coordinada con sistemas perceptivos y motores, según evidencia de la Ciencia Cognitiva. Esta visión integrada explica cómo la creatividad transforma representaciones internas en expresiones innovadoras.
Conocer esta red neuronal abre puertas a intervenciones prácticas. En educación, estrategias como el pensamiento divergente (brainstorming) fomentan fluidez y flexibilidad, como indican Jia et al. (2019). El entrenamiento metacognitivo, que incluye planificación y autoevaluación, mejora la resolución creativa de problemas, según Abdivarmazan et al. (2014).
Un factor subestimado es el aburrimiento, que activa la red neuronal por defecto. Estudios recientes muestran que periodos de inactividad reorganizan recuerdos, procesan emociones y generan "momentos eureka", especialmente en caminatas o tareas repetitivas. En niños, esto contrarresta el impacto de pantallas excesivas, mejorando tolerancia a la frustración y autonomía cognitiva.
Para adultos, cultivar "el arte de no hacer nada" fortalece la resiliencia emocional y la creatividad, cuestionando la cultura de ocupación constante en la era digital.
En un mundo post-pandemia, donde estudios como el de Estefania (2025) no hallaron relación directa entre creatividad y flexibilidad cognitiva en adolescentes de 12-14 años, urge implementar programas específicos. La flexibilidad cognitiva, clave para alternar conjuntos mentales y persistir en problemas complejos, debe integrarse en currículos educativos para contrarrestar retrocesos observados.
Desde una perspectiva societal, esta red neuronal explica la adaptabilidad humana ante cambios rápidos, como predijo Martínez (2020). Potenciarla mediante neuroeducación no solo impulsa innovación, sino que mejora el bienestar mental al reducir inhibiciones crónicas ligadas a ansiedad.
Aunque prometedor, el estudio del Brigham tiene limitaciones: depende de RMf, que captura correlaciones no causalidad, y se basa en tareas estandarizadas que podrían no reflejar creatividad cotidiana. Futuras investigaciones deben explorar neuromoduladores como dopamina y su rol en esta red, así como aplicaciones en trastornos como TDAH, donde la inhibición es deficiente.
El mapeo de la red neuronal de la creatividad representa un hito en neurociencia cognitiva, confirmando que la imaginación surge de circuitos colaborativos que priorizan el flujo libre sobre el control rígido. Integrando estos hallazgos en educación, terapia y vida diaria, podemos desatar el potencial creativo humano, fomentando innovación y equilibrio mental en una era de desafíos complejos. Esta no es solo ciencia; es una invitación a repensar cómo cultivamos la mente imaginativa.